El Complejo (del Padre) de Edipo

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El Doctor Carlos González, en su libro ‘Bésame mucho’ nos explica el significado que quisieron darle los griegos al Complejo deEdipo y la esfinge Edipo, y que es muy distinto al que la psicología moderna nos ha inculcado. Estoy leyéndolo y la verdad es que pone patas arriba a todos los pseudoexpertos como Estivill, Ferber y algunos más.

Un oráculo anunció a Layo, rey de Tebas, que los dioses le castigarían por sus pecados. Si algún día tenía un hijo, éste mataría a su padre y se casaría con su madre. Layo intentó durante un tiempo no tener hijos, pero el único método anticonceptivo disponible en aquella época exigía una férrea disciplina…, y no se pudo aguantar. En una borrachera, dejó embarazada a su esposa Yocasta. Ni corto ni perezoso, entregó a su pequeño Edipo a un pastor para que lo abandonara en el bosque. El pastor se apiadó, lo entregó a unos padres adoptivos y Edipo se hizo hombre. Ignorante de su origen, mató a su padre en una pelea (empezó el padre, que era muy mala persona; recuerde que de entrada los dioses querían castigarle) y se casó con su madre.

Esta historia sirvió a Freud para dar nombre a su teoría: el complejo de Edipo es el deseo que supuestamente tienen todos los niños pequeños de matar a su padre y de casarse con su madre.
Pero no es eso lo que nos dice la vieja tragedia griega. Edipo no tuvo ningún deseo de matar a su padre ni de casarse con su madre. Lo hizo por error, porque no sabía que eran sus padres. Cuando finalmente se enteró de la terrible verdad, quedó tan horrorizado que se arrancó los ojos, mientras su madre y esposa se suicidaba.

El mito de Edipo nos habla más bien de todo lo contrario: del temor irracional que tienen algunos padres a verse suplantados por su hijo en el amor de la madre. Temor que llevó a Layo a despreciar y abandonar a su propio hijo. Sembró desprecio) y recogió odio, cuando podría haber sembrado afecto y haber recogido respeto. Para los antiguos griegos, probablemente la moraleja de la historia era algo así como «no puedes escapar al castigo de los dioses, hagas lo que hagas te encontrarás con tu destino». Para el lector moderno, que no cree en aquellos dioses, la moraleja de la historia no es «abandona a tu hijo antes de que te mate», sino todo lo contrario, «no seas tan estúpido de abandonar a tu hijo, o convertirás en enemigo al que podría haber sido tu amigo si lo hubieras tratado con cariño».

¿Tenemos todos los padres este «complejo de Layo»? No sé si los celos paternos son frecuentes; pero de haberlos, haylos. El padre puede sentirse excluido de una relación tan estrecha («un marido», he oído de varias mujeres, «lo encuentras en la calle; pero a un hijo lo has llevado dentro»).
Los celos del padre pueden dirigirse en los dos sentidos: le gustaría ser la madre del niño, y le gustaría ser el bebé de la madre. Como si intentase abrirse paso a codazos entre madre e hijo.
Algunos sugieren que la madre que da de mamar deje que su marido le dé al niño un biberón de vez en cuando, para que él también se sienta importante. Bonita manera de fastidiar al niño y de poner en peligro la lactancia. Para los padres que quieren implicarse en el cuidado de sus hijos, oportunidades no faltan: hay que bañar, vestir, cambiar y pasear al bebé; hay que comprar, cocinar, fregar, lavar y planchar.

De vez en cuando, una madre agotada me explica que apenas puede dormir, porque su hijo la reclama varias veces cada noche:

-A veces lo meto en la cama con nosotros y que mame cuando quiera; es la única manera en que puedo dormir. Pero, claro, su padre dice que no puede ser, que al final se va a tener que ir él de la cama.
-¿Y qué edad tiene su marido?
-Treinta y dos, ¿por qué?
-Porque ya es lo bastante mayorcito para dormir solo. Si con treinta años necesita dormir acompañado, ¿qué espera que haga un niño de tres años?

Naturalmente, cuando digo estas cosas estoy bromeando. No hace falta que el padre se vaya, se pueden quedar los tres juntos. Sólo pretendo que la gente se dé cuenta de que las necesidades afectivas de un niño son, como mínimo, tan importantes como las de un adulto. Los niños son generosos y comprensivos: si pueden dormir con mamá, no suelen oponerse a que papá también se quede. Por eso me sorprendió enterarme de que Skinner ha propuesto seriamente que el padre se vaya a otra habitación. Y no precisamente para dejar sitio al hijo. No, se tienen que ir los dos:
Bueno, por ejemplo, la conveniencia de cuartos separados para marido y mujer. No es obligatorio, pero cuando se practica, a la larga se conservan relaciones conyugales más satisfactorias que si se utiliza una sola habitación común.
Así es como están las cosas. Se empieza sacando al niño de la habitación y se acaba sacando también al padre. Recapacite, amigo lector, y decida en qué bando le conviene más estar. Cuando le propongan poner al niño a dormir solo, pregúntese quién será el siguiente.
Hablando del bueno de Edipo, varias veces he oído sostener una teoría todavía más curiosa: algunos médicos, e incluso algunos psicólogos, dicen a las madres que si duermen con
su hijo «le provocarán un complejo de Edipo». Esto ya es una perla de la psicología-ficción. Para aquellas escuelas psicológicas que creen en la existencia del complejo de Edipo (y no todas creen, ni mucho menos), dicho complejo es una fase normal del desarrollo. Ni lo provoca la madre con sus acciones, pues aparece espontáneamente, ni es malo que aparezca, porque es normal.

Duérmete niño

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